
Conduciendo a Bachelett
Claudia Lillo Saffa
Una de las visitas más emblemáticas que tendrá nuestro país a raíz de la XVII Cumbre Iberoamericana será el rey de España Juan Carlos. Les aseguro que todos quienes se encargaran de recibirlo saben muy bien el protocolo que se debe cumplir, aspecto necesario, pero nadie aprovechará esta oportunidad para acompañar su visita real agasajándolo con aquello que nadie sabe y es su pasión oculta: El mundo de las tuercas.
Dentro de las visitas programadas por los personeros del gobierno siempre se recurre a los mismos sitios emblemáticos que rememoran la historia nacional, pero nunca se incluye una actividad especial enfocada a cada personaje de renombre que nos visita en relación a sus gustos y aficiones.
Si este fuera el caso y los encargados de fijar la agenda de la Cumbre Iberoamericana debiesen incluir actividades especiales para el rey Juan Carlos, sin duda deberían estar relacionadas con el mundo automotriz.
Como no somos un país donde reinen los autos exclusivos, y aquellos que lo son debe ser sólo un ápice de los modelitos que deben llegara Europa, no podríamos llevar a Don Carlos a una exposición de autos, además tampoco estamos en la fecha donde se realiza la feria del Automóvil, que podría haber sido un gran momento ya que es raro que los reyes se pierdan la inauguración de los salones del automóvil que se celebran tanto en Barcelona como en Madrid.
Es por ello entonces que la actividad que se le preparase al rey de España debiese dar un giro y guiarla por otro ámbito, sin desentendernos del tema automotriz, claro.
Así es como comenzaría nuestra actividad con el rey. Primero, partiríamos en el hotel donde se esté alojando y le propondríamos que manejase él, para que sienta suyo el último, pero modesto, modelito.
Luego, emprenderíamos rumbo por la costanera para que su majestad pueda conocer los últimos arreglos realizados en las calles y vea lo rápido que podemos acceder -con unos cuantos bips que sonaran en el tag- hasta el corazón de la capital. Ahí, pasando por unos cuantos ‘eventos’ que le harán desestabilizar el vehículo, topándose con uno que otro taco de las ‘orugas’ del Transantiago y soportar ver las filas y filas de espera o más bien la muchedumbre apostada en los paraderos, no creo que la sonrisa con que se habría subido al auto, persista en su rostro.
Para finalizar, se percatará – tras la espera y las frenadas en los semáforos en rojo- de que ya no le queda gasolina, se dirigirá a un servicentro y con un eufemismo clásico madrileño, pondrá el auto en marcha atrás y con una sonrisa irónica le dirá a Bachelet, su copiloto,
¿Valla, que caos es trasportarse aquí eh?
Dentro de las visitas programadas por los personeros del gobierno siempre se recurre a los mismos sitios emblemáticos que rememoran la historia nacional, pero nunca se incluye una actividad especial enfocada a cada personaje de renombre que nos visita en relación a sus gustos y aficiones.
Si este fuera el caso y los encargados de fijar la agenda de la Cumbre Iberoamericana debiesen incluir actividades especiales para el rey Juan Carlos, sin duda deberían estar relacionadas con el mundo automotriz.
Como no somos un país donde reinen los autos exclusivos, y aquellos que lo son debe ser sólo un ápice de los modelitos que deben llegara Europa, no podríamos llevar a Don Carlos a una exposición de autos, además tampoco estamos en la fecha donde se realiza la feria del Automóvil, que podría haber sido un gran momento ya que es raro que los reyes se pierdan la inauguración de los salones del automóvil que se celebran tanto en Barcelona como en Madrid.
Es por ello entonces que la actividad que se le preparase al rey de España debiese dar un giro y guiarla por otro ámbito, sin desentendernos del tema automotriz, claro.
Así es como comenzaría nuestra actividad con el rey. Primero, partiríamos en el hotel donde se esté alojando y le propondríamos que manejase él, para que sienta suyo el último, pero modesto, modelito.
Luego, emprenderíamos rumbo por la costanera para que su majestad pueda conocer los últimos arreglos realizados en las calles y vea lo rápido que podemos acceder -con unos cuantos bips que sonaran en el tag- hasta el corazón de la capital. Ahí, pasando por unos cuantos ‘eventos’ que le harán desestabilizar el vehículo, topándose con uno que otro taco de las ‘orugas’ del Transantiago y soportar ver las filas y filas de espera o más bien la muchedumbre apostada en los paraderos, no creo que la sonrisa con que se habría subido al auto, persista en su rostro.
Para finalizar, se percatará – tras la espera y las frenadas en los semáforos en rojo- de que ya no le queda gasolina, se dirigirá a un servicentro y con un eufemismo clásico madrileño, pondrá el auto en marcha atrás y con una sonrisa irónica le dirá a Bachelet, su copiloto,
¿Valla, que caos es trasportarse aquí eh?
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